Ayer, mientras participaba en uno de los cultos habituales de la iglesia, escuche a una amiga y hermana muy querida predicar por primera vez frente a la congregación, me refiero a la hermana Ana Fernández. Ella se paró en el púlpito y de una forma magistral expuso un mensaje digno de un predicador, con vasta experiencia en esos menesteres.
Un tema muy bien expuesto: “Viviendo en el Espíritu” –La conducta del Cristiano-, ejemplos muy buenos y aplicables al público presente en la iglesia, una elección de citas bíblicas extraordinaria y algo muy difícil de manejar por muchos predicadores (aun expertos y con canas en este asunto), una anécdota -o ilustración- bien enfocada en el momento preciso del “discurso”.
Mientras ella compartía esa rica enseñanza, recordé por un instante la primera vez que prediqué frente a una congregación. Eventualmente recuerdo algunos errores: cortaba las palabras debido a la ansiedad que esa experiencia nueva me produjo, mis pies no paraban de danzar de forma uniforme y mis manos estaban frías como un hielo. Confieso que: ¡Doy gracias a Dios, por la ausencia de cámaras de video ese día!
¿Cuál fue la última vez que hiciste algo por primera vez?
Una de las cosas que recuerdo, fueron las estresantes horas de preparación que me tomó ese primer mensaje. Si no me equivoco, esa primera vez, me tomó aproximadamente dos semanas y media de mucha oración y meditación. Actualmente, debido a un falso sentido de confianza que se desarrolla con los años, me toma un tiempo menor.
A veces, creo que debido a la costumbre de varias predicaciones por semanas, uno se puede sentir confiado en una posible habilidad para hacer empatía con la gente y comunicar un mensaje de forma entendible, pero, una predicación verdadera, no debería estar basada en la capacidad del orador, sino, en la palabra que Dios tiene para que un pueblo hambriento de ella escuche.
En pocas palabras, el predicador debe confiar menos en sus capacidades de expresión, sin dejar de reconocerlas y basar su predicación en la dependencia y la palabra de Dios, que es el personaje central de la ecuación.